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Editorial LUZ EN EL ALMA En estos tiempos de turbulencias en el mundo, muchos nos preguntamos acerca de la paz en el mundo. Como siempre, es más fácil ver hacia fuera, ya que nuestro interior siempre nos resulta un terreno desconocido que nos es más duro de penetrar. Yo he encontrado una respuesta en un antiguo proverbio chino: “Si hay luz en el ama, habrá belleza en la persona; si hay belleza en la persona, habrá armonía en la casa; si hay armonía en la casa, habrá orden en la nación; si hay orden en la nación, habrá paz en el mundo”. Y la siguiente pregunta es: ¿Y cómo tenemos luz en el alma? Eso es más difícil que lograr la paz en el mundo. Sin embargo, una manera simple de hacerlo es perdonar. Y no, no estoy simplificando este dilema existencial. Perdonar es la única manera de vivir en paz. El perdón implica desarrollar nuestra capacidad para dejar en el pasado aquello que pertenece, precisamente, al pasado. Como psicoterapeuta, he llegado a la conclusión de que, no importa cuánto tiempo (¡y dinero!) invirtamos en analizar y asimilar todas aquellas desgracias que nos han sucedido, mientras no estemos convencidos de que la vida se vive en el presente, seguiremos atados al pasado, ajenos al amor real, aquel que está sucediendo en este momento. Si nos lamentamos por lo que pudimos ser, si anhelamos “vivir” lo que creemos que “en su momento no vivimos”, si lloramos por lo que nos hicieron sufrir en la infancia, es como tener una herida y seguirla haciendo una y otra vez. Como el cuento de los monjes que, yendo de peregrinación, llegan a la orilla de un arroyo. Ahí vieron a una muchacha, vestida con sus mejores galas, y que no sabía qué hacer pues el arroyo estaba crecido y no quería estropear su ropa. Uno de los monjes la cargó en su espalda, la atravesó y la bajó en la orilla del otro lado. Los monjes continuaron su viaje y, después de una hora, el otro monje comenzó a quejarse: “No es correcto tocar a una mujer. Va contra los mandamientos tener contacto con mujeres. ¿Cómo pudiste romper con las reglas de los monjes?” El monje que había atravesado a la muchacha siguió caminando en silencio y finalmente le contestó: “Yo la bajé junto al arroyo hace más de una hora, ¿tú por qué sigues cargándola?” |
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